La orquesta “desafinada” del Titanic: Argentina líquida y fragilidad social

La orquesta “desafinada” del Titanic: Argentina líquida y fragilidad social

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(EFE/Juan Ignacio Roncoroni)
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El concepto de “modernidad líquida” -como categoría sociológica- fue introducido por Zygmunt Bauman en 2003. Bauman es profesor emérito de la Universidad de Leeds, una ciudad inglesa en cual habita desde hace más de tres décadas. Por cierto, una ciudad en la que se vive muy diferente a la cotidianeidad nuestra de todos los días. Sin marchas, ni contramarchas que no hacen más que demostrar el descontento de uno y el convencimiento de los otros. De generar consensos ni hablar.

Traspolando los conceptos de Bauman a nuestra realidad, podemos hablar de una “Argentina líquida” donde el individualismo marca las relaciones y las convierte en precarias, transitorias y frugales.

Como colectivo social, los argentinos no estamos a la altura que las circunstancias actuales nos demandan. Un 17 de octubre virtual donde más que celebrar, debemos estar alarmados por los 979.119 casos “oficiales”, lo que nos deja tan solo a unas pocas horas de llegar al millón de contagiados, cifra que seguramente será superada con creces.

Las instituciones de nuestra nación funcionan cada vez con mayores dificultades. La decadencia nacional semana a semana se va acentuando a niveles antes insospechados. Y en ese devenir -hacia abajo- somos todos los ciudadanos del entramado social, los únicos responsables. Tenemos el país y la realidad que nos merecemos por cómo hemos actuado en el pasado. Somos lo que somos, porque fuimos lo que fuimos. Las marchas y contramarchas dejan ver con claridad la Argentina “líquida” de 2020.

Conformamos una sociedad de fuertes contradicciones, que año tras año, ha sabido empobrecer a sus habitantes, en particular a los más necesitados. Nos hemos convertido en un modelo de país donde la “incertidumbre” y la “falta de previsibilidad” son las principales reglas de convivencia. Y eso hace que nuestra sociedad sea “líquida”, por oposición a una sociedad “sólida”, robusta, donde las instituciones marcan el rumbo del progreso social, y, por ende, el de sus habitantes.

La grieta ha contribuido enormemente en todo este escenario infectando a la sociedad como nunca antes nos pasó. Convergemos en un país de enormes contradicciones donde nos resulta imposible generar un consenso de modelo de nación a seguir, con independencia de quien sea el “dueño/a” del poder de turno.

Miramos al que está ideológicamente en la vereda de enfrente como a un extraño, o, peor aún, como un “enemigo” por vencer. Un desconocido que solo tiene como único atributo aportar mayor incertidumbre, conformando su mayor amenaza la de atentar contra el orden que se propone del “otro” lado de la vereda. Una locura colectiva por donde se la mire, donde se pretende jugar al “bowling” con los transeúntes de la Avenida 9 de Julio…sin palabras. Esos aportadores de incertidumbre son los que irritan a toda la sociedad.

A los moderados se los suele estigmatizar porque es más fácil atacarlos y denigrarlos desde el estigma social. Los aportadores de incertidumbre sólo contribuyen creando caos al orden social y la armónica convivencia de las diferentes formas de pensar y sentir un país.

La ambivalencia con que se maneja nuestra clase dirigente es abrumadora. No todos. Pero sí muchos. Hay honrosas excepciones que se esfuerzan por hacer las cosas bien (de un lado y del otro) pero no son suficientes, porque paga más ser mediocre, chabacano y tener buena “labia” en los medios. Pareciera que nuestra sociedad, cuanto más moderado, centrado y respetuoso es un político, -más allá del pensamiento ideológico que represente- más se lo margina. Un “señor” con mayúsculas no vende. Un chabacano genera rating y popularidad.

Y eso, es precisamente lo que nos hemos acostumbrado a consumir como colectivo social, y en ese mismo hecho se funda la responsabilidad directa de la sociedad en los resultados colectivos que obtenemos como nación, donde hoy, no se vive bien, se siente la inseguridad en las calles y se “ve” el hambre en los más necesitados. La Argentina “líquida” es un país sin certezas, las libertades civiles hoy están acotadas, se ataca al que hace las cosas bien y se premia al que las hace mal. El mundo del revés en su más plena existencia (o la argentinidad al palo, como prefiera el lector).

La libertad de “cuidarnos”, es una libertad que se nos ha sacado y, como contraposición en lugar de generar una sociedad de la cultura auto responsable, se generó la del “quédate en casa”, que por un tiempo tuvo su lógica, pero que hoy, a más de doscientos días vista ya no la tiene, y su extensión es solo una muestra más de su rotundo fracaso. El millón de contagiados será otro récord nacional y popular para la historia.

La cultura del trabajo se ha desmadrado. Más de la mitad de nuestra población vive de las tetas del estado anémico, que solo puede imprimir moneda sin valor, y como forma de paliar la coyuntura, no como una solución del futuro que se nos viene encima, y con toda su fuerza. El Titanic partido y a punto de empezar su viaje al fondo más profundo y oscuro del océano. La incertidumbre permanente en la que vivimos los argentinos es directamente proporcional con el debilitamiento que han tenido las instituciones de nuestra nación. Sin instituciones fuertes no hay previsibilidad. Sin previsibilidad no hay crecimiento. Y sin crecimiento no hay inversiones, solo nos queda la “maquinita de imprimir billetes”.

¿Por qué no hay en este momento un “comité” de expertos discutiendo una nueva base impositiva y fiscal que permita sentar las bases para la reconstrucción de una economía vencida, aturdida y que ha perdido el rumbo por completo?

¿Por qué no tenemos “otro” comité de expertos pensando en cómo vamos a recuperar a esos chicos carenciados que necesitan alimentación, educación, y el sostenimiento de sus necesidades básicas, desde agua potable (hay más de 7 millones de argentinos que carecen de ella), hasta un baño donde hacer sus necesidades, sin tener que hacerlo en la calle?

La mierda nos rodea por todas partes, pero no somos capaces de ocuparnos seriamente y de una buena vez por todas, de los temas realmente importantes, que nos permitan sentar las bases colectivas para un país mejor.

¿Porqué no hay “otro” comité más de expertos que, junto a las cámaras empresariales, se sienten a discutir el destino de los cientos de miles de empresas Pymes (y no tan Pymes) que están al borde de la quiebra?

¿Por qué se paralizó la reforma a la ley de quiebras por no beneficiar a Vicentin a cambio de dejar al borde de la quiebra al resto de las empresas que están esperando se sancione esa nueva ley que les dé el aire que necesitan para recuperar?

Podría seguir con una lista de porqués interminables, y seguramente cada lector, desde su propia vivencia, tenga la suya y sea tan válida o más que la mía.

Lo cierto es que los “porqués” son el nombre propio que cada uno le va poniendo a la incertidumbre, a la falta de plan, a la falta de una clase dirigente que deje de ser la orquesta desafinada del Titanic (no todos, pero sí una gran mayoría). Hemos convertido a los más necesitados en desechos humanos a los que solo se recurre a la hora de juntar votos. La decrepitud con la que tratamos, como sociedad, a los más necesitados, es intolerable. No es cuestión de darles una bolsa de comida para que salgan del paso, se trata de sentar las bases para que puedan avanzar socialmente, educar a sus hijos, tener un trabajo que los dignifique y no un plan que los subyugue.

Ese es el modelo de país que hoy nos cuesta lo que no podemos pagar, porque somos una nación fundida económicamente y “líquida” moralmente. La clase dirigente, como ya dijimos en otra oportunidad, tiene la obligación de ser más moral que el resto de la sociedad. Y en la cubierta de ese barco que se hunde, la orquesta desafinada del Titanic sigue tocando su música, que para algunos puede resultar aceptable, pero la realidad es la que muestran todos los indicadores sociales y económicos. Nos vamos a pique. La economía no deja de caer a la par que el dólar no para de subir.

La espuma que levantan los micro relatos esconde la realidad del laburante de a pie. Esa espuma marca la naturaleza del vínculo que se pretende establecer con los sujetos a los que está dirigida, por eso decía unas líneas más arriba, que se premia al que tiene mejor “labia”, no al mejor.

La Argentina como país es una sociedad “líquida” que se va por las rendijas del subdesarrollo y no tenemos un plan claro que nos saque de ese destino que hoy parece inevitable. Si tenemos marchas, jugadores de bowling por la 9 de julio y campeones nacionales de lanza bolsos. Nos hacen falta más que nunca muchos “Favaloros”. No cultivar la cultura del laburo, del esfuerzo, del estudio, es desastroso por donde se lo mire. El mensaje que eso transmite a los niños y jóvenes es devastador.

La argentina líquida, fugaz, débil, que no respeta la institucionalidad, como contraposición a lo que sí pasa en un país “sólido”, donde las instituciones están primero, sobre ellas se arma el proyecto de país, y luego se gobierna, más a la izquierda, a la derecha o al centro, pero siempre dentro de ese margen que da la institucionalidad y el proyecto de nación. Por eso dijimos hace unos días que la Rosada no es Borgen, ni la Argentina Dinamarca. Las diferencias entre nuestro modelo de país y los países desarrollados son terriblemente abrumadoras y al verlas entendemos porqué estamos como estamos.

Argentina hoy es un país del miedo. Del miedo por la salud, por la seguridad individual de las personas, del miedo por el porvenir económico y de muchos otros más. Y esto es producto de los cambios radicales que sobresaltan la nación con cada cambio de gobierno. Somos una sociedad de adictos a la desgracia, cada año estamos peor que el anterior. Hoy estamos alcanzados por la lógica del pánico como argumento central de la política.

La amenaza del COVID-19, de quedarnos sin camas, sin respiradores, nos desplazó como sociedad y nos encaminó el 20 de marzo de 2020 tras la directiva presidencial de guardarnos todos en casa. Y cumplimos con creces. Todo eso hoy fracasó. Fueron medidas atemporales, tomadas antes de tiempo que solo detuvieron la curva de contagios por un tiempo, pero frente al claro hecho de que estamos en 1.000.000 de contagiados “oficiales” y dentro del top 6 de las naciones con más contagios del mundo, el fracaso es absoluto.

Como dijo Favaloro: “Debemos entender que todos somos educadores. Cada acto de nuestra vida cotidiana tiene implicancias a veces significativas. Procuremos entonces enseñar con el ejemplo”.

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